"(…) aquel que besa una alegría en vuelo vive en la eternidad de la aurora". William Blake

Opinión

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La educación pública en Crisis de la mano de programas engañosos

 


El tono hace la canción – Por: Piedad Bonnett

Sorprende la cantidad de gente que en las redes o donde puede, bien sea amparada en el anonimato o con ganas de figurar, se dedica a postrar al prójimo a punta de ofensas; y sorprende también que haya quien se atreva a defender el insulto, esa forma de descalificar, ofender y humillar a alguien. Es verdad que, como las llamadas “malas palabras”, el insulto es un recurso del idioma; pero mucho va de un “bobo” gritado a tiempo al motociclista que nos cierra, a espetarle “descerebrado” a aquel que opina distinto, “maricón” al homosexual, o “violador” a quien no lo es, pues esto ya no sólo es insulto sino calumnia. Olvidan los que festejan el insulto —y en un país donde se pasa fácilmente del agravio verbal a la agresión física— que este es una forma de violencia, y que de él se nutren las riñas que terminan en muerte, la violencia intrafamiliar, el matoneo y los consultorios psicológicos que atienden personas heridas para siempre por la palabra o la frase dicha por un padre, un maestro, un compañero de colegio.

Otra cosa es usar el ingenio y la ironía para dar una elegante estocada. Hay un famoso diálogo entre George Bernard Shaw y Churchill, quienes supuestamente estaban enemistados; el dramaturgo le envía al político una esquela que dice: “Te envío dos boletos para la primera noche de mi nueva obra. Lleva un amigo… si es que tienes alguno”. Y Churchill, con el humor que lo caracterizaba, le contesta: “Definitivamente no podré asistir la primera noche, pero asistiré a la segunda… si es que hay”. También es verdad que celebramos los insultos literarios —“hombre con hígado de leche” le dice un personaje a otro en Rey Lear—, pero esos no son otra cosa que malabares verbales, ingeniosos y divertidos, que pretenden efectos cómicos o dramáticos y que nos harían parecer ridículos si los usáramos en la vida cotidiana.

Lo triste del insulto imperante en las redes es que es elemental, grosero, poco imaginativo, perezoso y revelador del alma canalla de quien lo emite. Pero, sobre todo, que es la salida fácil. De lo que es incapaz el que insulta es del ejercicio apasionante de argumentar. Y es que hacerlo exige rigor, conocimiento y sobre todo temperancia, algo que no rima con cabeza caliente. Y no se crea que para argumentar se necesitan tres páginas: no es fácil, pero en los 140 caracteres de Twitter también se puede hacer. El que insulta se pierde de usar el razonamiento lógico, que aspira siempre a iluminar, a repensar lo establecido y algunas veces a incomodar a los bienpensantes. Y también se pierde del placer del diálogo.

Completo en:

El tono hace la canción: elespectador.com


El viejo decrépito contra el hombre cohete – Por: Héctor Abad Faciolince

Me alegré el otro día cuando Kim Jong-un, el tirano de Corea del Norte, llamó dotard a Donald Trump, según la traducción oficial al inglés de su discurso en lengua coreana. Cuenta el New York Times que la palabra usada por Kim en su lengua nativa fue “neukdari”, la cual, según el mismo diario, es de uso corriente en Corea para designar a un viejo chuchumeco, chocho o decrépito.

Lo curioso es que la versión oficial use un término docto y clásico en inglés para traducir una palabra vulgar y corriente en coreano. Pero digo que me alegré pues en un principio, decepcionado de mi mal inglés, corrí a buscar en el diccionario el significado en español de dotard (“un viejo que chochea”) y luego supe que también millones de gringos habían tenido que buscar la misma palabra para averiguar su significado. El antiguo vocablo, usado varias veces por Shakespeare, pero que en los últimos 37 años solo ha aparecido 10 veces en el New York Times, estaba a punto de morir, por falta de uso. Pero hoy, gracias a alguna anónima traductora de los discursos del dictador coreano, es un epíteto renacido, un insulto rejuvenecido, y será probablemente la palabra del año en inglés. Y no digamos -pero también- la mejor definición de Donald Trump, el lengüilargo presidente de Estados Unidos, que dice tantas bobadas a la semana, que de verdad parece haber llegado a una especie de climaterio mental.

Los romanos dividían las edades de la vida en algo que llamaban “climaterios”. Hoy en día la palabra se usa en general solamente para designar el periodo de la vida en que hombres y mujeres dejamos de reproducirnos, pero según la medicina romana cada siete años las personas sufrían una crisis, o climaterio. El primer climaterio (a los siete años) indicaba que un niño había superado los años más peligrosos para la mortalidad infantil de la época y también que empezaba el uso de razón; el segundo climaterio marcaba la adolescencia y el principio de la fertilidad en la mujer y la fecundidad en el varón; el tercer climaterio (21 años) el final de la maduración y la mayoría de edad. Y así sucesivamente.

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Viejo decrépito: El espectador.com


ElRetoDelÑame / Una visita a los Youtubers campesinos


Terremotos y huracanes – Por: Héctor Abad Faciolince

El problema de la existencia del mal en el mundo es tan complejo como antiguo. Desde el muy pío libro de Job, en la Biblia, y desde antes, siempre ha sido un misterio que haya tantas enfermedades, accidentes, epidemias, cataclismos y catástrofes en la tierra que habitamos. Que las desgracias se ensañen con personas malas o éticamente despreciables puede interpretarse como justicia divina; pero que todos los males caigan también sobre personas que son un ejemplo de bondad y buen comportamiento, produce una especie de estupor cósmico. ¿De qué sirve ser bueno si la naturaleza, o Dios, no discriminan entre buenos y malos? ¿Y qué importa ser malo si a veces los malos son quienes corren con mejor suerte?

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Terremotos: El espectador.com