"(…) aquel que besa una alegría en vuelo vive en la eternidad de la aurora". William Blake

Caricias en piedra: Ensayo 1

Caricias en piedra: Ensayo 1

Sonreía, saltaba, exhibía la virtuosa capacidad de moverse al son de los tambores y los vientos de una cultura no occidental. Era su fiesta, una celebración privada, tan solo ella, su pareja y el conjunto de músicos habitaban una pradera en la región tropical. La música seguía, como el agitar de sus manos, sus cabellos y sus senos en el tiempo de esa tonada libertaria. Las estrellas descendieron del firmamento y usurparon los asientos de sus ojos. Una mirada cómplice la seducía a pocos metros de distancia, sin embargo, su leal amante, desistía de irrumpir en aquella danza. Limpió los cristales de sus anteojos pues sabía que cada segundo marcado por el artefacto de arena, ubicado al lado de las copas y dispuesto en una orientación horizontal, ya no sería un obstáculo para contemplar la metamorfosis de esta dama, quien en memorias de antaño aceptaba cortejos en reuniones sociales y bazares de campo. De nuevo, su destreza desbordaba la melodía, la falda se convertía en una extensión del vuelo clamado por su piel, cada pliegue iba y venía, en complot de acertijo para los admiradores más tímidos. Se supo única al vivir un sueño compartido, producto de planes quiméricos de chiquillos encadenados por el tedio de las cárceles de abolengo y los puestos de trabajo con mísero sueldo. En esos cubículos se conocieron, jamás juraron amor eterno, es más, parece que en esta escena no quedó lugar para un rosado “Te quiero”. Alguien lanzó un par de dados, la fortuna y un par de monedas apiladas en cochinillos de greda permitieron esta velada. Los músicos abandonamos  la tarima, su blanca piel retorna a la calma, una mirada noble, segura de sí misma, afirma el desenlace, será un beso marcado por el deseo, humano alguno percibirá su aroma ni su tacto, tan solo él, tan solo el guardián del diástole y sístole que la asisten desde su nacimiento conservará memorias del evento. Ella se pierde en sus labios de fuego, son una nueva esencia. De esta manera, un nuevo día se acerca, mientras los ojos del amante con gafas obsoletas, constatan la infidelidad de su adorada doncella, quien ha escapado con el Sol sin dejar rastro ni huella.

Esteban Páramo

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